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apuntes del natural
SI NO TIENEN PAN, QUE COMAN PASTELES
Categories: Actualidad, Historia

Me pregunto qué pasaría por la cabeza de Maria Antonieta justo antes de perderla, aquel 16 de octubre de 1793. Unos instantes antes de que la cuchilla atravesara su cuello, mientras la que había sido Reina de Francia subía hacia el cadalso, había tropezado con un escalón y, volviéndose hacia el verdugo, dijo: “Disculpe, señor. No lo he hecho a propósito”. Esas fueron sus últimas palabras. Como todos los tontos, Maria Antonieta tenía esos momentos de lucidez tan impropios de su estulticia que le hacen dudar a uno de si su proverbial estupidez era real o fingida. Y por eso me pregunto, como se preguntaba toda Francia: ¿de verdad se puede ser tan tonta?, ¿cómo alguien tan idiota puede llegar a acumular en sus manos tanto poder? La respuesta, en realidad, es muy simple: los tontos se caracterizan por hacer lo que tienen que hacer sin preguntarse por las consecuencias, sin preguntarse si está bien o mal, sin medir sus actos ni sus palabras: los tontos no tienen conciencia.

Me pregunto también si Maria Antonieta, mientras echaba un último vistazo al público de su ejecución pensó que todo aquello era culpa de la chusma, de su mal gusto, de un pueblo tan depravado como el Marqués de Sade, tan arrogante como Voltaire y tan devoto de sí mismo como Robespierre. Dejar que ese pueblo se rija a sí mismo sería como dejar que los caballos decidieran por dónde tiene que ir un coche. Las cosas eran así de simples para Maria Antonieta. En una ocasión en que paseaba en su carruaje por París, disgustada por la visión de unas calles llenas de mendigos, vagabundos hambirientos y toda clase de vagos, sucios y malicientos, preguntó a su cochero por la causa de aquel lamentable espectáculo.

-El pueblo no tiene pan, señora- respondió el cochero, tratando de expresarlo con delicadeza. Y haciendo gala de su capacidad de síntesis, la reina ofreció una solución sencilla:
-Si no tienen pan, que coman pasteles.

¡El pueblo siempre con sus frusilerías! Maria Antonieta sí que sabía qué debía hacerse en cada momento. Prueba de su savoir faire es que ella era reina y los demás no. ¿Qué más pruebas se necesitan para confiar en la capacidad de alguien que la medida de su éxito?, ¿acaso no la había legitimado la misma nación de Francia cuando su soberano, fascinado por su gracioso donaire, la había tomado por esposa?, ¿de qué se quejaban ahora?, ¿a qué tanto alboroto?, ¿era posible que a tanta gente no le gustasen los pasteles?
Maria Antonieta no debió plantearse que su ingeniosa solución a los problemas de Francia no había funcionado porque era una boutade. A lo mejor, si los demás la hubieran tomado en serio, las cosas no habrían terminado tan mal. Habría bastado con poner los medios necesarios: el pueblo debería haberse sacrificado un poco. En vez de exigir tanto, tendrían que haber abierto pastelerías, ¡llenar Francia de pastelerías!, y el alimento habría fluido a raudales. Pero en vez de eso, todos estaban muy ocupados intentando acaparar sus cuatro migajas de pan. Porque el pueblo nunca sabe lo que quiere: hay que decírselo, explicárselo poco a poco, como a un niño pequeño. Y claro, había sido el propio pueblo, que no veía las cosas con la claridad meridiana de Maria Antonieta, el que había provocado aquella situación. ¿Qué culpa tenía ella?, ¡precisamente ella, que comía pasteles cada día!
El pueblo se quejaba de que pasaba hambre y frío. Me pregunto si Maria Antonieta pudo entender el dolor de aquel hambre en el filo de la cuchilla, aquel frío, al sentir el frío de la guillotina separando la cabeza de su cuerpo. Dicen que la sangre sigue llevando oxígeno al cerebro durante unos instantes. ¿Qué pensó mientras su cabeza caía en el cesto?, ¿qué sintió?, ¿lástima?, ¿terror?, ¿pánico?, ¿dolor?

 

El príncipe Luís XVII

Es posible que pensara en la difícil y corta vida que tenía su hijo por delante en manos de aquella chusma, porque la chusma se parece más a los animales que a los hombres que la integran: la chusma hambrienta ataca, la chusma satisfecha duerme y ronronea, la chusma en celo es procaz, y a todas sus acciones las envuelve la lascivia insatisfecha. La chusma no es más que un animal doméstico, como los perros que protegen el palacio y a cambio reciben su ración diaria de alimento. Y a los perros lo mismo debería darles un pedazo de pan que un trozo de pastel. Pero a veces, y quizá éste fue el último pensamiento que cruzó por la mente de la antigua reina, el perro se vuelve contra la mano que le da de comer.

El hijo de Maria Antonieta, Luis XVII, fue encarcelado, torturado, humillado y confinado a una celda de aislamiento durante seis meses a pesar de sus tiernos diez años de edad. Se le puso un preceptor para inculcarle las ideas revolucionarias. Sus métodos pedagógicos consistían en ponerle sombrero de sans culotte y obligarle luego a beber grandes cantidades de alcohol mientras le hacía cantar la Marsellesa. El joven Luis se desmayaba ante las constantes amenazas que recibía de ser llevado a la guillotina, le dijeron que sus padres seguían vivos, pero que no le amaban y no querían saber nada de él. Finalmente, murió a los once años con el cuerpo consumido por los tumores y la sarna.
Como todos los tontos Maria Antonieta tuvo un último momento de lucidez antes de morir. Como todos los hombres, tuvo un instante para medir sus acciones, pensar si sus consecuencias habían sido buenas o malas, un instante para preguntarse si todo aquello valió la pena. Y yo sigo preguntándome una y otra vez qué pasó por aquella cabeza justo antes de ser mostrada a la chusma, y si la explosión de júbilo que se produjo a continuación valió la pena.

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