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Sesquipedalismo
Categories: Actualidad, Retórica

De todas las ideas que George Orwell tiene en su novela 1984, hay una que siempre me ha parecido particularmente brillante. Se trata de trabajo del protagonista: es uno de los redactores del nuevo diccionario que definirá qué palabras están autorizadas y cuales no. Dicho diccionario, lejos de ir engrosándose a cada edición, cada vez tiene menos voces y menos páginas. ¿Por qué?: cuantas menos palabras tengan los habitantes de ese estado totalitario para referirse a la realidad, más limitada será su capacidad de comprender esa realidad.

Siempre que pienso en esto me vienen a la cabeza los esquimales. En su lenguaje existen quince palabras para designar quince colores distintos que, para un occidental, serían simplemente el color blanco. Las razones son obvias: para su supervivencia en esos mundos de hielo, cualquier matiz en el color blanco es importante. Así pueden ver llegar, por ejemplo, a un oso polar cuya presencia a nuestros ojos pasaría desapercibida. La cuestión es: ¿Es posible que los esquimales puedan ver más porque tienen más palabras para describir el color blanco?. Una cosa es poder comunicar esos matices a otras personas, pero no verlos es algo muy distinto. ¿Hasta qué punto afecta el lenguaje a nuestra percepción?

Nanook el esquimal contemplando un gramófono
Nanook el esquimal contemplando un gramófono

Si a un esquimal como Nanook, que no había tenido contacto con el resto del mundo, le enseñasen un gramófono, para el que no tenía palabra alguna que lo designase, ¿dejaría de verlo? Evidentemente, no. Lo que no está tan claro es lo que vería. Un gramófono seguro que no. Quizá vería una piedra que canta, una música que hace girar una piedra, un regalo de los dioses… cualquier cosa que pudiera construír con las palabras que conoce. Cuando los nativos americanos vieron llegar las carabelas españolas sólamente pudieron llamarlas pájaros grandes. Y eso desencadenó su creencia en la divinidad de los recién llegados que, por otra parte, conectó aquél fenómeno con su creencia de que el apocalipsis de su civilización era inminente. Ese fue uno de los factores que facilitó a los colonos la conquista de América, puesto que si crees que tu civilización está condenada a perder esa guerra, ¿para qué luchar?. Y todo por un juego de palabras, un intento de nombrar lo innombrable. Una actividad muy parecida, al fin y al cabo, a la que desempeñan los poetas.

Las palabras de una lengua son, en cierto modo, una radiografía epistemológica de todos sus hablantes. Nos permite saber qué nos es dado conocer. Por eso, en la novela de Orwell, cada vez son menos las palabras del diccionario, para conseguir una sociedad adocenada, lobotomizarla, anular su capacidad crítica y manejarla a su antojo. Podríamos decir que se mata poco a poco el pensamiento por inanición. Ahora bien, en una sociedad de la comunicación como la nuestra, en la que existe una herramienta como internet que nos permite expresarnos libremente, más allá de los poderosos y sus diccionarios, parece que somos inmunes a ese tipo de tretas. Y sin embargo, esta sobreabundancia esconde algunas igual de peligrosas. De todas ellas, la que me parece más significativa, dañina y endémica es el sesquipedalismo.

Sesquipedalismo es una forma particular de un inquietante fenómeno linguístico: la hipercorrección, en la que el hablante, por ejemplo, diría bacalado en vez de bacalao. A diferencia de la hipercorrección (en la que el hablante toma por incorrecta la palabra que no lo es), el sesquipedalismo no da por incorrecta ninguna palabra. Simplemente, considera que es demasiado vulgar para su gusto y la alarga para que sea más pomposa. Por ejemplo, en vez de concretar, dirá concretizar. De este modo cree elevar el tono de su discurso cuando lo único que verdaderamente está haciendo es el ridículo.

Hay dos sectores especialmente propensos al sesquipedalismo hoy en día: los políticos y, sobre todo, los periodistas. A través de los medios de comunicación estas pequeñas aberraciones linguísticas que no tienen más razón de ser que la pedantería de quien las escupe han ido sedimentando en el lenguaje de la calle. Nadie encuentra ya nada extraño en palabras como influenciar (que en realidad debería ser influír) o en escuchar frases como “el delantero tiene un buen posicionamiento con respecto a los defensas” (¿qué tiene de malo una buena posición?). Lo peligroso del sesquipedalismo es que, al igual que el diccionario menguante de 1984, condiciona la realidad que creemos percibir. Si aquél mataba al lenguaje por inanición, éste lo mata por empacho. Nos convence de que además de tener la convicción, uno puede tener el convencimiento. Y de pronto se nos está presentando una sola realidad como si fueran dos. Se nos muestra una realidad aparentemente más rica de lo que en realidad es. De este modo tenemos la herramienta perfecta para manejar realidades pobres y pensamientos defectuosos como si poseyeran una gran riqueza.

El sesquipedalismo es una inflación verbal, una devaluación de la palabra. Supongamos que tenemos que demostrar nuestra personalidad en una entrevista de trabajo, y tenemos que hablar de nuestras influencias. Si decimos que fulanito ha influído de manera decisiva en nuestra forma de trabajar podemos quedar como unos peleles de fulanito. Si, en cambio, decimos que nos influenció decisivamente parece que las connotaciones peyorativas desaparecen. Los mecanismos mentales que intervienen aquí son muy sutiles. En primer lugar, la desaparición de la preposición en desvía nuestra atención del carácter manipulador que toda influencia tiene en el fondo. Pero ese carácter desaparece de la palabra, no de la cosa en sí. Una influencia no deja de ser una manipulación, influya o influencie. Vemos, por tanto, que una de las ventajas del sesquipedalismo es que vacía a las palabras de sus connotaciones. Pero un lenguaje sin connotaciones (que sería el ideal de la correción política) es un lenguaje débil, desarmado, inocuo, incapaz de transformar la realidad. Un lenguaje que no apela a los sentimientos y la irracionalidad del receptor tampoco le puede hablar a éste de la realidad o, mejor dicho, de cómo puede relacionarse él con la realidad.

Volvamos a los esquimales. Aunque no conozco su lengua, estoy seguro de que la palabra que utilizan para la tonalidad de blanco que se corresponde con el pelaje de un oso polar debe de tener unas connotaciones terroríficas. Así también para nosotros, las palabras que designan entornos que suponen mayor peligro para la supervivencia se han ido cargando de connotaciones oscuras que no hacen otra cosa sino advertirnos del peligro. Provocan en nosotros una reacción refleja. Véase si no cómo aprovechan los poetas las connotaciones de palabras como noche, fuego, mar…todas ellas nos ponen en guardia ante el abismal peligro que su significado contiene.

Si vaciamos al lenguaje de sus connotaciones, pierde su capacidad de relacionarnos con el mundo. El discurso de nuestro pensamiento irá por un lado y nuestros sentimientos y acciones por otro. Y eso es lo que hace el sesquipedalismo: infla las palabras diluyendo su significado, descafeinándolo. Las incapacita para expresar sentimientos y para provocarlos. En este caso, poco a poco, nuestro diccionario se va engrosando, pero no porque el mundo nos ofrezca realidades nuevas. El resultado es el mismo que en 1984: poco a poco dejamos de reaccionar ante lo que oímos y decimos y, también poco a poco, nos vamos adocenando, lobotomizando y somos fácilmente manipulables.

Con el fin de poner mi granito de arena en el combate del vicio de la hipercorrección (y en particular, el del sesquipedalismo) dejo a continuación cuatro sencillas  y recomendables reglas que da Gazzapin en su Inventario infame de la hipercorrección para combatir semejantes vicios.

1. La inmensa mayoría de los vicios del lenguaje proceden de la hipercorrección y se apoyan, claro está, en la escasa relación de la gente con la letra impresa.

2. La hipercorrección procede de la voluntad de estilo, del afán de hacerse más refinado y elegante expresándose de forma estilizada, rara, complicada, etc. Todo lo que marque la superioridad social del que habla respecto del oyente.

3. Ese fenómeno de corrupción del lenguaje por hipercorrección termina deformando el medio de relación de nuestra sociedad, confundiendo los nombres, haciéndonos herméticos para los demás que hablan nuestro mismo idioma e impidiéndonos saber qué estamos diciendo realmente.

4. En la medida en que combatamos la hipercorrección accedemos a otra forma de expresarnos más directa, más clara y más orientada a hacernos entender. Y con ello damos un paso en el camino de superación espiritual que tanto necesita nuestra sociedad.

Es muy recomendable también echarle un vistazo a las reglas que el propio Orwell estableció para escribir bien.

Los medios de comunicación son el hábitat natural del sesquipedalismo

 

Algunos sesquipedalismos que han hecho fortuna:

Influenciar:

Para mi el peor de todos ellos. Detesto esta palabra que, además de innecesaria, me parece malsonante. Cada vez que la oigo en boca de alguien, su discurso pierde toda credibilidad para mi.

Este verbo se introdujo en español en el siglo xix, a partir del francés influencer, y se fue extendiendo a lo largo del siglo xx hasta generalizarse en todo el ámbito hispánico. Las diferencias entre influenciarinfluir no son de significado, pues ambos verbos son sinónimos, sino de construcción. El verbo influenciar se usa como transitivo, muy a menudo en construcción pasiva: «La naturaleza de estas sustancias, la dinámica vascular, diferencias de especie y genéticas, etc., son factores capaces de influenciar el metabolismo arterial» (MtnMunicio Discurso [Esp. 1969]); «Nadie piensa por un solo momento que las actitudes políticas de los generales puedan influenciar [...] la vida civil y política del Reino Unido» (Garrigues Política [Esp. 1976]); «No sé si [...] estoy demasiado influenciada por las escenas de amor de las películas» (Belli Mujer [Nic. 1992]). Por su parte, influir, aunque puede usarse también como transitivo, se emplea normalmente como intransitivo (→ influir).
Diccionario panhispánico de dudas ©2005
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

 

Culpabilizar:

Evidentemente, la palabra culpa tiene demasiadas implicaciones negativas para que los sesquipedalistas puedan utilizarla sin miedo, por lo que inventan culpabilizar para que los medios, los políticos y, en ocasiones hasta jueces y tribunales puedan emitir opiniones sin violar la presunción de inocencia del culpabilizado (en vez de culpable).

Paralización:

En vez de parálisis o parada. Vale la pena ver cómo se genera un debate entorno a esta palabra en Word Reference sin que nadie caiga en la cuenta de que se trata de un sesquipedalismo, y por eso todas los motivos que pueden dar para su uso es su neutralidad.

 

Y un largo etcétera… Si alguien tiene alguna otra sugerencia de flagrante sesquipedalismo extendido hoy en día puede dejarla en forma de comentario e iré añadiéndolas a modo de denuncia.

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