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Arte y azar en las Figuras Retóricas de Repetición
Categories: Historia, Retórica

Ferdinand de Saussure es el padre de la lingüística moderna y, por tanto, el abuelo de muchas otras disciplinas que derivan de ésta como, por ejemplo, la semiótica, o las distintas variedades de estructuralismo que se dieron en campos como la antropología, la filosofía, la economía, etc. Todo el mundo coincide en que la publicación de su Curso de Lingüística General marcó un antes y un después en el pensamiento del siglo XX. Lo que no es tan sabido es que el propio Suassure consideraba la lingüística, materia de la que tenía que impartir clase para sobrevivir, una disciplina de poca importancia y se abandonaba con frecuencia a sus verdaderos intereses, que él tenía por más serios. Uno de estos intereses que le ocupó desde 1906 hasta 1909 fueron las notas que acumuló en más de cien cuadernillos a los que puso el título de Anagramas. Saussure nunca se atrevió a completar y publicar las conclusiones de su trabajo, pues sabía perfectamente que su tesis planteaba una revisión de todas las teorías poéticas anteriores y que un sector, seguramente bastante amplio, de académicos le tildaría de loco. Hay que tener en cuenta que el prestigio que le dio su Curso de Lingüística General fue póstumo, y que por aquél entonces no era más que un simple profesor en una cátedra mediocre de la Universidad de Ginebra. Quizá de haber publicado sus Anagramas su credibilidad científica hubiese quedado irremediablemente socavada y su lingüística no hubiera llegado hasta nosotros. Pero ¿qué contenían aquellos cuadernos que tanto se esforzó en esconder Saussure?

Saussure había descubierto un patron en los versos saturnios que creía poder aplicar a toda la poesía antigua, en especial la indoeuropea. La tesis de Saussure era que “toda la poesía antigua de las tradiciones literarias del dominio indoeuropeo, y en particular la poesía latina de todos los tiempos, partía de un nombre propio emblemático, por lo general el de un héroe o un dios temáticamente relevantes, que el poeta se imponía como tema también fónico, de manera que dicho nombre, descompuesto en sus sílabas, resonara diseminado en los versos del poema, determinando tanto la elección de las palabras como su disposición sintáctica.” Hay que reconocer que el juego que se traía entre manos era irresistible: buscar nombres que los poetas clásicos habrían escondido con malicia entre la maraña silábica de sus versos, una tarea que parecía salir de uno de los casos del detective Sherlock Holmes.

Lo asombroso es la facilidad con la que Saussure llenó casi cien cuadernos encontrando, efectivamente, aquellos nombres entre los versos de poetas tan mil veces revisados como Virgilio. Véase a modo de ejemplo el epitafio de Lucio Cornelio Escipión que aparece en la Carmina Epigraphica editada por Buecheler:

Cornelius Lucius Scipio Barbatus

Gnaivod patre prognatus, fortis vir sapiensque,

Quoiusforma virtutei parisuma fuit

Consol censor aidilis queifuit apud vos,

Taurasia Císauna Samnio cepit

Subigit omne Loucanam opsidesque abdoucit.

[Lucio Cornelio Escipión, hijo de Gneo: Comelio Lucio Escipión Barbatus, hijo de Gneosu padre, hombre valero soy sabio cuya belleza igualó a la virtud, que fue entre vosotros cónsul censor edil, tomó Taurasia y Cisauna en el Samnio, somete (sic) toda la Lucania y toma (sic) rehenes.]

En un principio, Saussure detectó que se daba en estos versos una estricta ley de compensación de fonemas, es decir, que cada fonema aparecía un número par de veces en un verso. Por ejemplo, en el último verso: Subigit omne Loucanam opsidesque abdoucit:

2 veces el sonido ouc (Loucanam, abdoucit)

2 veces d (opsidesque, abdoucit)

2 veces b (subigit, abdoucit)

2 veces -it (subigit, abdoucit)

2 veces i breve (subigit, opsides-)

2 veces a breve (Loucanam, abdoucit)

2 veces o breve (omne, opsides-)

2 veces n (omne, Locuanam)

2 veces m (omne, Locuanam)

Esta ley de la compensación se cumplía casi a rajatabla en los poemas saturnios, salvo por la ocasional aparición de fonemas aislados, como en el verso anterior la p de opsides-, que es el único sonido que aparece una sola vez en el verso. Pero incluso esos fonemas aislados eran compensados por el mismo fonema aislado en el verso inmediatamente anterior o siguiente. En éste caso encontramos también una sola p en el penúltimo verso de la estrofa, que esconde además otra sorpresa:

Taurasia Cisauna Samnio cepit

______________ S_________

_______Ci______________

____________________pi_

_________________io____

El anagrama de Scipio, el nombre de la persona a quien están dedicados los versos, aparece escondido entre las distintas sílabas. Cuando descubrió esto, Saussure creyó haber encontrado un patrón aplicable a toda la poesía saturnia, hizo sus comprobaciones y se dio cuenta de que, efectivamente, toda ella respondía a este patrón:

He pasado dos meses interrogando al mosntruo, y operando sólo a tientas contra él pero, desde hace tres días, no avanzo sino a golpes de artillería pesada. Todo lo que escribía sobre el metro dactílico (o más bien espondaico) subsiste, pero ahora, gracias a la Aliteración, he llegado a clave del Saturnio, cuya complicación es distinta de lo que uno se figuraba.
Todo el fenómeno de la aliteración (y también el de las rimas) que observaba en el Saturnio, no es sino una parte insignificante de un fenómeno más general, o más bien absolutamente total. La totalidad de las sílabas de cada verso saturnio obedece a una ley de aliteración, de la prime sílaba a la última; y sin que una sola consonante —ni tampoco una sola vocal— ini tampoco una sola cantidad de vocal, no sea escupulosamente tomada en cuenta

Luego sintió curiosidad y lo probó en otros poetas latinos que nada tenían que ver con la poesía saturnia y se sorprendió al comprobar que en su mayoría, los autores latinos parecían cumplir estas leyes; y no sólo poetas como Virgilio, sino prosistas de la talla de Ciceron. Su júbilo debió empezar a convertirse en inquietud cuando comprobó que también la poesía homérica, la védica y la germánica cumplían con frecuencia estas leyes, e incluso poetas contemporáneos de Saussure las respetaban con cierta rigidez. Todos los poetas cumplían unas leyes de las que ningún poeta parecía saber nada. Saussure debió preguntarse en ese punto si se estaría volviendo loco: el problema de su hipótesis era que daba demasiados buenos resultados. Todo hombre de ciencias sabe, la experiencia se lo enseña, que las hipótesis que siempre son ciertas en cualquier caso, bajo cualquier circunstancia, emanan cierto olor a tautología, esto es, que esconden en realidad una falacia. Las hipótesis válidas suelen requerir, en el método científico, un proceso más largo de ensayos y errores antes de alcanzar su enunciado definitivo, lo que Popper llamaría falsación. Y esa es la razón de que Saussure jamás publicara sus anagramas: era incapaz de encontrar la falacia en su hipótesis pero temía que, si la publicaba, algún lector más perspicaz lo hiciera. Como dice Joaquín Mª Aguirre:

Ingenuamente, podríamos pensar que aquella abundancia de pruebas le habría hecho feliz. Sin embargo, Saussure era un científico y sabía lo que aquello podía significar realmente. Si cuando miramos a cualquier parte observamos una mancha, es que la mancha está en nuestro ojo. Saussure tenía demasiadas evidencias. Por eso era necesario una ayuda exterior. Como la institutriz de Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw), de Henry James, necesitaba que alguien viera los fantasmas con ella para confirmar que no estaba loca, que aquellas presencias no eran figuraciones suyas. A partir de cierto punto, lo demasiado evidente puede ser un peligro.

Pero Saussure no encontró un ambiente académico que estuviera dispuesto a ver sus fantasmas. Ni siquiera lo intentó. Sólo tras su muerte y la póstuma publicación de su Curso de Lingüística General su figura alcanzó la notoriedad y autoridad suficientes como para que los Anagramas no supusieran un borrón en su carrera. Cuando en los años 60 Jean Starobinski empezó a editar fragmentos de aquellos cuadernos y, finalmente, los compiló en un libro, los académicos no supieron reaccionar. No sabían muy bien si tomar en serio aquellos análisis o considerarlos una debilidad pasajera de su autor, un simpático delirio de su fantasía. ¿Cómo era posible que poetas de la talla de Ovidio o Virgilio hubieran empleado el sistema anagramático propuesto por Saussure y ni ellos ni ninguno de sus comentaristas, ni ninguno de los poetas que siguieron empleándolo después, ni ninguna tradición poética lo hubieran mencionado? Un pacto de silencio así sonaba demasiado conspiranoico.

Sin embargo, si uno observa detenidamente la historia se da cuenta de que los tratadistas no habían dejado nunca de hablar de este sistema. Se encuentra codificado en los escritos de Cicerón, de Quintiliano, en el Ad Herennium y, a través de estos, pasó a la Edad Media por medio de las Ars Dictaminis y, más tarde, a la Europa del Renacimiento. Forma parte de la dispositio retórica, que lo consigna bajo nombres como aliteración (figura retórica que actúa sobre un grupo de palabras) u onomatopeya (tropo que actúa sobre palabras aisladas). Los tratados de retórica recogen catálogos de figuras pero, efectivamente, ninguno recoge una figura como el anagrama saussureano. Resulta irónico que Saussure se sorprendiese sobremanera de que nadie hablase de esa figura que él encontraba por todas partes cuando la respuesta a ese silencio la tenía delante de las narices, en los problemas que le estaba dando su propia investigación: el anagrama saussureano es un sistema demasiado complejo para poder ser catalogado como figura retórica. El propio Saussure tuvo serios problemas para ponerle un nombre y oscilaba continuamente llamando a sus distintos componentes ora anagrama, ora aliteración, ora paronomasia o incluso paramino (neologismo con el que intentaba encontrar un término que englobara todos los anteriores). Más que una figura, el anagrama saussureano parece ser una consecuencia de la combinación de varias de ellas; en concreto, el resultado obtenido de la interacción entre las distintas figuras de repetición cuando en dicha combinación participan la paronomasia, la aliteración o el anagrama propiamente dicho.

Las figuras retóricas y los tropos pertenecen, en la retórica clásica, al ámbito de la quedripartita ratio, que regula los cuatro tipos de mutación que pueden sufrir las palabras o sus significados y que el autor puede utilizar para amplificar o disminuir las distintas partes del discurso. Estas cuatro clases de mutación son la adiectio (mutación por adición), detractio (por sustracción), transmutatio (por alteración en el orden) e inmutatio (por alteración en el significado). Cada figura responde a uno, y sólo a uno, de estos cuatro tipos: la aliteración es una figura que se transforma por adiectio, la onomatopeya es un tropo y, como tal, se transforma por inmutatio, el anagrama una figura por transmutatio y por detractio funciona la elipsis. Sin embargo, en el anagrama saussureano no interviene una, sino las cuatro categorías del cambio. Por eso la retórica clásica consideraba que estaba fuera de su campo de estudio y sujeto únicamente al ingenio de cada autor. Los caminos transitables pueden ser de dos tipos: unos anchos, pavimentados, estudiados y diseñados por ingenieros para que el paso de los transeuntes sea lo más cómodo posible. Pero también existen los senderos, pequeños caminos que se han ido dibujando por el paso de hombres que jamás los estudiaron, diseñaron o hablaron de ellos, sino que los improvisaron al tiempo que los andaban. ¿Por qué entonces todos aquellos caminantes pasaron exactamente sobre las huellas de los anteriores?, simplemente por la geografía del lugar, porque todos los hombres pensamos, hasta cierto punto, de la misma manera y, por todo ello, el recorrido de ese sendero parece el paso lógico. La retórica es un mapa que señala los caminos pavimentados, pero no debe sorprendernos que no dé noticia de multitud de senderos que se deben a las reiteradas improvisaciones de multitud de caminantes. Podemos ver aún, en un poeta tan lejano a la poesía latina como Blas de Otero algunos de cuyos poemas fueron analizados al la luz de las teorías anagramáticas de Saussure por Raúl Rodríguez Ferrándiz con gran acierto, y en los que podemos ver cómo Blas de Otero tiene exactamente las mismas intuiciones que los autores de poemas saturnios, y cómo esto ocurre porque está utilizando las mismas herramientas retóricas, a saber:

a) REPETICIÓN FÓNICA INSISTENTE (que lleva a cabo mediante aliteraciones, homoteleuton o rimas):

-Aliteración: Venid a ver mi verso por la calle… Es precisamente la propensión de Blas de Otero a la aliteración la que convierte sus versos en terreno fértil para fenómenos anagramáticos

-Homoteleuton: Una bombilla amarilla ilumina la dostoievskiana cocinaNo sólo en la poesía de éste autor, sino en toda la tradición poética se da el homoteleuton o su más popular variante: la rima. Eso hace que la poesía sea un género especialmente propicio para jugar con el material fónico, repitiéndolo a final de verso, en su mitad (en el caso de la rima interna) o incluso a final de cualquier palabra en lo que sería un homoteleuton propiamente dicho.

b) FIGURAS DE REPETICIÓN DE PALABRAS (con preponderancia de la paronomasia, pero incluyendo otras muchas como la figura etimológica, etc)

-Paronomasia: llamando al arma, desalmando el cuerpo… Los parónimos son el fundamento de la tesis anagramática saussureana. Pero el concepto tradicional de parónimo se le quedaba pequeño y tuvo que inventar el término paramino, que admite también palabras cuya relación no es sólo de semejanza fónica, sino también semántica, o de orden. Dicho de otro modo: un concepto que sumase los significados de parónimo, étimo, rima, aliteración y anagrama; una relación semántica que justificase de una vez todas las figuras de repetición. Ese fue el error de Saussure: empeñarse en ver como un único fenómeno lo que en realidad era la suma de distintos fenómenos, irreductibles por ser regidos por distintas categorías de la quadripartita ratio.

-Figura etimológica: y sucedió que abril abrió sus árboles… Se puede comprobar en éste mismo ejemplo, cuyas pretensiones no son anagramáticas, sino puramente un juego de etimologías, que es posible formar un anagrama de una palabra que no está escrita, pero cuyo ánimo está flotante a lo largo de todo el verso: abrir. No es, por tanto, necesario pretender hacer un anagrama saussureano para hacerlo.

-Anagrama tradicional: Se trata del anagrama en sentido estricto, de lo que Saussure llamó anagrama ingenioso, cuya rigidez implica una intención deliberada por parte del autor (a diferencia del anagrama saussureano, que podría darse de una forma casual, propiciada, eso sí, por todos los juegos fónicos puestos en práctica de forma simultánea), En el siguiente ejemplo se ve cómo los anagramas han sido perfectamente calculados por Blas de Otero:

Viene la nieve

cae

poco

a

copo

c) OTRAS FIGURAS QUE NO SON DE REPETICIÓN:

-Elipsis: De un nombre propio, de un lugar, etc…

debo decir he visto estoy cansado

de ver herrumbre añil enjalbegada roña

___________B____IL___LB__A__O

 

En realidad nos damos cuenta de que poniendo todas estas figuras retóricas en práctica de forma simultánea, es muy difícil que no se produzcan anagramas saussureanos en algún momento. Y cuanto más extenso sea el texto, mayor será la probabilidad de encontrar tales anagramas. Se admira Saussure de un fenómeno que no cabe concebir como mero fruto del azar, pero veamos qué dice precisamente la retórica clásica acerca del azar:

Un proceso ordenado y tendente a su consumación y perfeccionamiento puede realizarse en virtud de la naturaleza, por tanto, de conformidad con el curso natural del acontcer (por ejemplo, el crecimiento de un árbol). Si no se desarrolla de conformidad con el curso natural del acontecer, puede realizarse en virtud del azar o en virtud de un acto ejecutado conforme a un plan por un ser racional (el hombre). [...] El azar señala la cadena de las acciones parciales que conducen al éxito (casual) de la acción propia. La repetición de este complejo activo sólo comprobado pero no comprendido, conduce a la “experiencia”. En la experiencia se hace que la tejné (arte [de la retórica, en este caso]) discurra por cauces comprobados y eficaces. (H. Lausberg, Manual de Retórica Literaria vol.1 §§ 1&2)

El azar es donde termina el arte, y la retórica no deja al azar los recursos, que son las figuras retóricas archiestudiadas que emplean todos los poetas, pero sí el resultado, los anagramas que se resistían una y otra vez a Saussure. Las posibilidades de encontrar un nombre concreto escondido entre los fonemas de un poema es relativamente escasa. Pero si ese poema emplea aliteraciones, paronomasias y otros esquemas de repetición fonética, las posibilidades de encontrarlo en forma de anagrama oculto se disparan exponencialmente. Se trata de un azar, sí, pero un azar controlado, cercado por las reglas del arte con las que cada autor tendrá que domeñarlo a su manera. Visto así, las coincidencias entre autores de tan distintas épocas y regiones tan dispares ya no parecen tan azarosas, pero está claro que tampoco eran deliberadas, ni responden a ninguna tradición hermética.

Lo que descubrió Saussure es qué es lo que pasa cuando se emplea toda la gama de figuras retóricas de repetición y de qué modo éstas exprimen todas las posibilidades fonéticas del lenguaje. Lo que demuestra Saussure es que los autroes de versos saturnios, así como Homero, los poetas germánicos y hasta los autores indios de los Vedas conocían el lenguaje, si no tan bien como nosotros, aún mejor; conocían la retórica, quizá no como un arte destinado a juristas y políticos, pero sí como naturaleza última del lenguaje, como una serie de conocimientos dispersos que, poco a poco, se iban unificando en una misma disciplina. Y que aún después del desprestigio y olvido al que fue sometido este arte, sobre todo después del romanticismo, los poetas contemporáneos se encuentran una y otra vez con esas reglas a pesar de no conocerlas, de haberlas olvidado, y así seguiría siendo aunque nadie las hubiese formulado jamás. Lo que Saussure demuestra es, en definitiva, que las figuras de repetición se han empleado desde el principio de los tiempos, en todas las regiones del planeta, en todos los idiomas, y seguirán utilizándose mientras al hombre le quede aliento para pronunciar una sola palabra.

 

 

Bibliografía consultada y encarecidamente recomendada:

Raúl Rodriguez Ferrándiz, Semiótica del anagrama (La hipótesis anagramática de Ferdinand de Saussure)

 

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