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Nueces y metáforas
Categories: Actualidad, Retórica

Hace cierto tiempo leí algo en el blog de Rafael Reig que me hizo darle vueltas al asunto de la metáfora. A raíz de la lectura del libro V de la Odisea, cuenta Reig que los griegos encuentran en uno de sus saqueos unos frutos que eran como nueces lisas.

Como fuere, estos griegos se encuentran algo desconocido, la castaña, y lo explican comparándolo con algo conocido por todos (los lectores), la nuez. Nueces lisas y ya está.

Se echa de menos esa honradez, hoy que el “comparativo televisivo” es la norma en todo “testigo presencial”. Esta “comparación TV” sigue esta regla: si hay una explosión de una tubería de gas (suceso que no mucha gente conoce) el “testigo presencial” nos lo explicará… ¿recurriendo a algo que todos conocemos? Ni hablar, qué va, eso sería demasiado honrado: recurriendo a algo que ni nosotros ni él conocemos. Dirá: “Se oyó como si hubiera caído una bomba”. Perfecto, para explicarnos lo que no conocemos y él sí (el ruido de la explosión de la tubería), lo compara con algo que no conocemos ni nosotros ni él (el bombardeo).

Rafael Reig

Podría aquí hablarse de los lugares comunes y soltar una sarta de tópicos acerca de éstos, pero Reig tiene la elegancia de no sacarlos a colación. El problema de la comparación TV es más profundo y más endémico que el uso y abuso de lugares comunes. Podríamos decir que en el lenguaje de los medios (que es el que lentamente se filtra al habla de la calle) la fatuidad atribuible a los lugares comunes ha hecho metástasis y se ha extendido a la metáfora. Y lo segundo en lo que Reig acierta de pleno es que no se trata exclusivamente de un problema linguístico sino también (y, sobre todo) de un problema moral: las metáforas cada vez son menos honradas.

Han corrido ríos de tinta acerca de la metáfora. De todas las figuras retóricas, ésta es la predilecta de poetas, filólogos, críticos y filósofos. ¿Por qué?, pues porque en el fondo a todos nos parece la manera más razonable de explicarnos el mundo. Dicho de otro modo: todos tenemos la sospecha de que el lenguaje, en su conjunto, es una metáfora del mundo. ¿Qué otra cosa podría ser? una ironía del mundo sería demasiado desolador. Las otras figuras retóricas no funcionan tan bien cuando tratamos de darles un sentido tan amplio (decir, por ejemplo, que el lenguaje en una sinécdoque del mundo, además de sonar mal, es poco apropiado). Así que todos los grandes pensadores desde hace un par de siglos han dado su versión de lo que es en realidad una metáfora. No voy a enmendarles yo la plana. Mi intención aquí es mucho más sencilla: comprobar el estado actual de la metáfora.

El principal factor a tener en cuenta es la creencia común (incluso entre los escritores y poetas) de que la metáfora es una forma de expresar una idea. De este modo, en la metáfora clásica: Sus cabellos de oro, lo que hacemos es expresar la idea de rubia en forma metafórica. La pregunta que se hará cualquier gañán (y no está de más atender de vez en cuando a la primaria pero sincera sabiduría de los gañanes) es: ¿Qué necesidad hay de complicar las cosas?. Por qué no llamar al pan pan y al vino vino? No le falta razón a nuestro gañán. Si su principal motivo es oscurecer el significado, flaco favor nos hace. Tenemos un ejemplo de este uso simplista de las figuras retóricas en los comentaristas deportivos, que son capaces de decir, sin que les tiemble la voz, cosas como que el cuero burla el muro infranqueable de  la roja dando un tanto a la furia germánica, en vez de Alemania le marca un gol a Casillas. El ánimo que se esconde tras este uso del lenguaje entronca directamente con fenómenos como el de la hipercorrección: un oscurecimiento deliberado de la expresión en busca de cierto prestigio personal. Lo mismo ocurre con el ejemplo puesto por Reig: comparar una explosión de gas con una bomba, más allá del lugar común, lo que busca es, consciente o inconscientemente, que el oyente quede impresionado no por la explosión, sino por la habilidad descriptiva del periodista.

Pero vayamos más allá de los comentaristas deportivos y hurguemos entre los papeles de nuestros profesionales de la metáfora: los poetas contemporáneos. La diferencia entre la metáfora clásica (de un Góngora o Quevedo) y la contemporánea (a partir del siglo XX en España) es que la metáfora contemporánea no necesita justificarse racionalmente. Los cabellos de oro tienen una justificación objetiva en el color: cabellos=amarillo=oro. Sin embargo, si tomamos una metáfora contemporánea como El pájaro es un arcoíris (habiendo especificado antes que dicho pájaro es gris), nos encontramos con que no existe una similitud objetiva entre pájaro y arcoíris que podamos tomar como justificación racional. Este irracionalismo poético (como lo ha llamado Bousoño) tiene una clara voluntad de estilo: el poeta crea, poema tras poema, un universo metafórico propio que el lector deberá conocer para disfrutar debidamente de su lectura. Una vez más, la metáfora dificulta la comprensión del oyente y le obliga a trabajar para entender lo que se le está diciendo. Aquél que sea amante de los placeres sencillos tiene vetado el goce de la poesía contemporánea. Por alguna razón, el poeta cree que su particular cosmovisión tiene algún interés para alguien que no sea él. Las implicaciones morales que esta actitud conlleva son evidentes: elitismo teñido de cierta egolatría narcisista. Y de un parnaso habitado exclusivamente por narcisos, nada bueno se puede esperar.

Hagamos lo que hagamos, mientras nos ciñamos a la dicotomía idea/forma, no dejaremos de dar vueltas sobre el mismo problema: la metáfora sólamente oscurece el significado de la expresión sin ofrecer a cambio recompensa alguna. Y lo grave es que esa dicotomía está instalada en uno de los pilares de nuestra cultura occidental: la concepción Platónica de las ideas (y su posterior reelaboración aristotélica). Platón (como también su  maestro, Sócrates) mantuvo una encarnizada lucha con los sofistas. Su aversión por ellos y el uso de la retórica que hacían le llevo a expulsar a los poetas (metafóricamente hablando) de la República en un célebre pasaje de sus diálogos. Sócrates, Platón y Aristóteles son el trío maravillas que funda una nueva disciplina: la filosofía, la cual se irá ramificando a lo largo de su historia dando lugar a todas las ciencias que hoy conocemos. La guerra entre filósofos y sofistas tiene un claro perdedor: los segundos y, con ellos, la retórica. Desde ellos, la retórica queda desprestigiada y es vista como una gran maquinaria para fabricar mentiras. Suena a retórica es una expresión que aún hoy conserva ese sentido peyorativo. Tras la expulsión de los poetas, Aristóteles desguaza la gran maquinaria de la retórica y toma para su filosofía las piezas que le interesan, dejando a un lado todas las demás. Y es precisamente a través de Aristóteles como nos han llegado gran cantidad de las ideas de los retóricos, contaminadas de la dicotomía antes mencionada.

El segundo embate que recibe la retórica le llega de mano de los románticos. La retórica había logrado sobrevivir (eso sí, contaminada ya de platonismo hasta la médula) hasta el siglo XVIII. Pero se trataba de una subsistencia empobrecida, en la que poco a poco se había ido convirtiendo en una serie de preceptos para la buena expresión. Si bien es cierto que aún llegó a dar frutos de gran belleza como el barroco literario o el musical (ambos imbuídos de preceptos retóricos) con la llegada del romanticismo y su exaltación de la subjetividad, toda preceptiva es vista como una amenaza al sujeto. La expresión del creador debe emanar de sí mismo (como si fuera un mini dios) y no de preceptos externos. Ahí precisamente empiezan a fraguarse la metáfora contemporánea y la poesía irracionalista. Ahí el corpus retórico es definitivamente abatido, y su cadáver cae al suelo para ser devorado por todas las alimañas filosóficas que pasen por la escena del crimen. Ahí, la reflexión acerca de la metáfora se hace exclusivamente filosófica, se reelabora y se entrega de nuevo a los poetas para que hagan uso de ella con pretensiones metafísicas (precisamente cuando la filosofía hace crisis por su confesa incapacidad de hacer metafísica). Y los poetas andan felices, borrachos de sí mismos, con sus nuevas armas cargadas de futuro, pegando tiros al aire a ver qué cañonazo suena más fuerte (y si puede ser como una bomba, mejor que mejor).

Pero volvamos por un momento a los griegos y a sus nueces. ¿Qué pretenden con esa metáfora? Reig lo deja muy claro en su explicación, hacer de algo desconocido para el lector algo conocido. Si se limitara a describir el exrtaño fruto minuciosamente, el lector sería incapaz de retener todos sus pormenores en la memoria. Sin embargo, la metáfora le proporciona una forma sencilla de saber de qué se está hablando. Esto no sería posible tampoco con la metáfora de la poesía irracionalista, en la que el poeta trataría de plasmar su vivencia subjetiva de la castaña. Si los pájaros grises son como arcoiris, a saber cómo son las castañas para un poeta contemporáneo, y a saber lo que entienden los lectores. Los poetas contemporáneos usan (y abusan) de la sorpresa para crear una atmósfera de extrañeza y exotismo. Hacen lejano lo cercano. Homero, en cambio, quiere hacer cercano lo lejano, y para ello echa mano de su memoria y de la de todos sus paisanos. Él sabe que cuando diga un fruto como una nuez lisa, sus paisanos le entenderán perfectamente. Todos saben perfectamente qué es una nuez. No busca la sorpresa ni el exotismo, sino la cercanía y la claridad. Vemos, por tanto, que de algún modo Homero y sus contemporáneos superaban sin dificultad el problema del oscurecimiento metafórico. La nuez lisa no es una forma de expresar una idea, sino la sucinta descripción de una realidad. Pese a ser muy anterior a la creación de la retórica, Homero cumple a la perfección sus preceptos de claridad, brevedad y verosimilitud (virtudes narrativas), así como los preceptos de la elocutio: de nuevo claridad, pureza (sin uso de barbarismos) y ornato (es decir, la metáfora en sí). Pero ese ornato, lejos de ser superfluo, es el catalizador de todas las demás virtudes. Sin la metáfora tendría que utilizar el nombre original del fruto (barbarismo que iría en contra de la pureza idiomática), extenderse en largas descripciones (en contra de la brevedad), o dejar el fruto en la misteriosa sombra del desconocimiento del lector (en contra de la claridad de exposición). El hecho de que las reglas de la retórica parezcan seguirse incluso antes de la aparición de la propia retórica lleva a pensar que ésta se limitó a codificar, en un principio, una serie de conocimientos dispersos que probablemente los poetas conocían desde tiempo atrás. Pero lo más importante es que esos conocimientos no son independientes unos de otros, sino que actúan simultaneamente e influyen los unos en los otros. La retórica debe considerarse como un todo orgánico que, al ser despiezado como hizo Aristóteles, deja de funcionar. El órgano retórico da sentido a todos sus componentes, y los hace trabajar a todos en una misma dirección. La metáfora, desde esta perspectiva, ayuda a la mejor comprensión de lo que se dice, al tiempo que le confiere una mayor belleza y elegancia. Dentro del órgano retórico  no parece  existir la distinción entre idea y forma (la hay entre res y verba, pero eso ya es harina de otro costal). Las cosas se dicen bien o se dicen mal, pero no de muchas formas. Y las palabras bien y mal no tienen aquí un valor meramente estilístico, sino un valor moral: el que dice algo, o sabe de lo que habla o miente.

El avispado periodista del que habla Reig, al comparar la explosión de gas a la de una bomba, sin conocer ninguna de las dos, ha hecho la siguiente ecuación mental: explosión de gas=explosión=explosión de una bomba. A esto, en lógica, se le llama tautología, y, lo mismo que la contradicción, se caracteriza por no significar absolutamente nada. Yo no he oído jamás una explosión de gas, pero si la de una bomba. En 1986 ETA colocó un artefacto cerca de mi casa y el ruido nos sorprendió en plena cena. Lejos de sonar ¡Boom!, como cabría esperar por lo que siempre hemos oído en las películas, fue algo más parecido a un tremendo ¡Pam!. El sonido fue tan desconcertante que a nadie se le ocurrió decir que se trataba de una bomba hasta que nos asomamos al balcón y vimos una columna de humo que salía de la comisaría (hoy Hotel Plaza) de Plaza España. Si hubiese tenido que compararlo a algo hubiera dicho que fue como si alguien hubiese hecho reventar una gigantesca bolsa de papel. Pero claro, ahí perdemos tintes épicos y tremendistas, que es lo que el periodista buscaba. Lo que no sabe ese periodista es que, al no hablar por propia experiencia, al no utilizar su metáfora dentro del contexto retórico que le es propio, lo que hizo fue mentir. Y la mentira no es una cuestión de estilo. Es una cuestión moral. Tiene mucha razón Reig cuando dice que las metáforas ya no son tan honradas como las de antes.

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